Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad, comprensión y resguardo de otros miembros de nuestra tribu. Pero claro, en el mundo occidental -especialmente en las grandes ciudades- nos hemos quedado sin tribu. Emprendemos la búsqueda solicitando apoyo y lo que encontramos más cerca es al señor que duerme en nuestra cama, que en la mayoría de los casos ha sido nombrado padre oficial del niño. Llamativamente suponemos entonces que toda la compañía, el cobijo, la ayuda, la disponibilidad y la empatía que una tribu entera nos hubiera prodigado, ahora debería provenir de una sola persona: el padre del niño. Tomemos en cuenta que una cosa es la inmensa necesidad de ser amparadas frente a la desesperación, la locura y las vivencias confusas que estamos experimentando desde el nacimiento de nuestros hijos, y otra es lo que un solo individuo puede ofrecer, reemplazando los roles de muchos.

Cuando no vislumbramos nuestra realidad en forma global, creemos que las cosas se solucionarían si el varón regresara más temprano a casa, si cambiara los pañales de vez en cuando o si ganara más dinero. Es tiempo de admitir que somos sólo dos personas -nada más que dos- y que tanto las madres como los padres estamos demasiado solos en la compleja tarea de acunar a nuestros hijos. Si la realidad es tan desventajosa, compartamos lo que nos pasa, conversemos y decidamos juntos a quiénes pedir ayuda. Inventemos una red amorosa donde haya un lugar destacado para los niños. Ofrezcamos una sonrisa, un libro, un dato valioso a otras madres. Abramos nuestras casas, cocinemos algo delicioso, invitemos a otros adultos con niños a visitarnos. Si participamos en la construcción de una tribu moderna, dejaremos de culpar a nuestra pareja. Y aparecerá la virilidad que estábamos reclamando.

Laura Gutman

¿Y lo que se espera de un hombre? ¿Cual sería la dirección deseable?
La función del hombre con respecto a la maternidad es la de protegerla, garantizar que a ninguna criatura le falte la madre imprescindible que le corresponde. Hoy el hombre también se encuentra en una situación contradictoria; tiene que seguir siendo un ‘guerrero’ en la lucha competitiva profesional y pública, pero al mismo tiempo el modelo viril tradicional se está resquebrajando, y por debajo de la armadura emerge el cuerpo masculino que también desea hacerse regazo.

¿Dirección deseable? Todo, por poco que sea, lo que nos acerque a la recuperación de la sexualidad y de la maternidad entrañable, al consiguiente cambio en los modelos de hombre y de mujer, y a la vuelta a las comadres, las redes de apoyo entre mujeres.

Casilda Rodriganez

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