La Importancia de la “Fase en Brazos”

Nuestras expectativas inatas

Vamos a intentar entender en su totalidad el poder formativo de lo que yo denomino “fase en brazos”, que empieza con el nacimiento y concluye con el comienzo voluntario del gateo, que es cuando el bebé puede marcharse y volver desde y hacia las rodillas de la persona encargada de su cuidado. Esto consiste, simplemente, en que el bebé disfrute de 24 horas al día de contacto físico con un adulto o con otro niño.

En principio, todo consistía en una mera observación de esta experiencia de estar en brazos, y pude comprobar que tenía un efecto impresionante sobre la salud de los bebés y que no suponía ningún “problema” [estar todo el tiempo en brazos]. Presentaban un tono muscular suave y sus cuerpos se adaptaban convenientemente a cualquier tipo de posición que requiriera la propia dinámica del cuerpo que lo iba cargando… Incluso hubo quien colgaba a los bebés a su espalda mientras los agarraba por las muñecas. Como contraposición a esto que les cuento, tenemos la INCOMODIDAD de los bebés a los que se les tumba sobre un “cómodo” moisés o cochecito mientras le pasan la manita suavemente por encima mientras se retuercen y lloran por ese cuerpo vivo que es, por derecho natural, el lugar adecuado para estar.

¿Por qué esta incompetencia en nuestra sociedad? Desde la infancia se nos enseña a no creer en nuestro conocimiento instintivo. Se nos dice que los padres y los profesores lo saben todo mejor y, entonces, cuando nuestros sentimientos no coinciden con sus ideas, es que estamos equivocados. Viviendo condicionados para descreer o desconfiar completamente de nuestros sentimientos, nos dejamos convencer fácilmente para no respetar a ese bebé cuyo llanto nos dice claramente “¡cógeme!”, “¡déjame dormir contigo!”, “¡no me abandones!”.

Estos sentimientos, que constituyen claramente nuestra respuesta natural, son regidos entonces por una ley superior en rango que se encuentra a la par de la moda y dictada por los “expertos” en el cuidado del bebé. Esta pérdida de fe en nuestra experiencia innata nos deja en manos de este u otro libro, como consecuencia de cada sucesivo esfuerzo errado de sobrepasar a la naturaleza.

Ahora es fundamental preguntarse quiénes son los verdaderos expertos, contando con que el segundo gran experto en el cuidado del bebé se encuentra dentro de nosotros. Esto es tan cierto como que reside igualmente dentro de cada especie superviviente que, por definición, ya sabe cómo cuidar de su prole. El mayor experto de todos es, por supuesto, el bebé… programado durante millones de años de evolución para señalar, por medio de la voz y la acción, cuándo la atención que le proporcionan es incorrecta. La evolución es un proceso de refinamiento que ha construido nuestro comportamiento innato con una precisión exquisita. Esa señal que emite el bebé, la comprensión de esa señal por parte de su gente, el poderoso impulso que los lleva a obedecerla… todo ello es parte integral de las características de nuestra especie.

El presuntuoso intelecto se ha demostrado a sí mismo que se encuentra equipado para descubrir los requisitos auténticos de los bebés humanos. A menudo surge la siguiente cuestión: ¿Debería de coger al bebé cuando llora, o primero lo dejo llorar un poco? ¿O debería de dejarlo llorar y llorar para no mimarlo y que se convierta en un tirano? -palabrita del Dr. Spock.

No habría ningún bebé que estuviera de acuerdo con NINGUNA de esta serie de imposiciones. De modo inequívoco y unánimemente, nos hacen saber que ¡NO SE LES DEBE DEJAR SOLOS NUNCA!. Dado que esta opción no ha sido fomentada en la civilización occidental contemporánea, la relación existente entre el progenitor y el niño ha permanecido firmemente en conflicto. El juego ha consistido en cómo hacer que el bebé se quede dormido solito en la cuna, sin tener en cuenta si el bebé llora o no. A pesar de que algunos libros de Tine Thevenin como “La Cama de la Familia” se han adentrado en parte por la vía para abrir el tema de los niños que duermen con sus padres, la base fundamental no se ha tocado con claridad: ACTUAR CONTRA NUESTRA NATURALEZA COMO ESPECIE ES PERDER EL BIENESTAR.

Una vez hayamos entendido y aceptado el principio de respetar nuestras expectativas innatas, seremos capaces de descubrir con precisión cuáles son estas expectativas que surgen… En otras palabras: lo que la evolución se ha encargado de adaptar para nuestra experiencia.

El papel formativo de la “fase en brazos”

¿Cómo llegué a concebir la “fase en brazos” como elemento tan crucial para el desarrollo personal? Primeramente, viendo a este pueblo tan feliz y relajado que habita las selvas de América del Sur arrastrando con sus bebés por todos lados. Nunca los soltaban. Poco a poco fui dando con la conexión existente entre este simple hecho y la calidad de vida de la que disfrutaban por completo. Con mis observaciones, un poco más adelante llegué a algunas conclusiones acerca del “cómo” y “por qué” de este constante contacto y sus repercusiones esenciales para la etapa inmediatamente posterior al nacimiento relacionado con el desarrollo humano.

Primera función: Parece que la persona que lleva al bebé – que normalmente es la madre durante los primeros meses y luego algún/a niño/a de entre 8 y 12 años- está construyendo un propósito fundacional que va a resultar útil en posteriores experiencias. El bebé participa de manera pasiva en las actividades de la persona que lo carga: correr, caminar, reír, hablar, cantar, trabajar y jugar. El tipo de actividad, el ritmo al que se produce, las inflexiones de la lengua utilizada, la variedad de señales observadas, los cambios de luz del día y la noche, los cambios de temperatura, la humedad, la sequedad, los sonidos de su familia, la vida tribal… Todos estos elementos constituyen la base de su participación de modo activo en su entorno, hecho éste que va a comenzar a los seis u ocho meses, cuando comienza a arrastrarse, luego a gatear y más tarde a caminar.

Sucede que, cuando, por otra parte, un bebé se ha pasado la mayor parte de este tiempo echado en la cuna con la mirada apuntando a la pared de enfrente o mirando al interior del cochecito en el que lo llevan o dirigiendo la mirada constantemente hacia el cielo… se habrá perdido, entonces, la mayor parte de esta esencial experiencia.

Dado que existe esta necesidad del niño por disfrutar de este tipo de experiencia prematura, se requiere que aloje en su ser esta visión panorámica de la vida en la que va a entrar. También es importante que los cuidadores no se limiten simplemente a sentarse y echar un ojo, ni que se pongan a preguntarse qué necesitará el niño, sino más bien tener una vida activa ellos mismos. De manera ocasional, uno no puede resistirse a darle un fuerte achuchón repleto de besitos pero, ahora bien, cuando se programa al bebé para que esté observando tu agitada vida, se siente confuso y frustrado cuando inviertes tu tiempo en observarlo a él. Un bebé que se encuentra en el meollo del aprendizaje de lo que es la vida tal y como las vives tú se siente confuso; es como si lo que quisieras fuera que el bebé finalmente fuera quien dirigiera tu propia vida.

Segunda función: la segunda función esencial que cumple la “fase en brazos” parece haberse escapado del raciocinio de todos (incluida yo hasta mediados de los años 60). Consiste en proporcionar a los bebés un medio que les facilite descargar el exceso de energía que tienen en sus cuerpos hasta el momento en que puedan hacerlo por ellos mismos. Durante los meses previos al momento en el que los bebés son capaces de levantarse por sí mismos, acumulan energía de la absorción de los alimentos y el sol. En consecuencia, el bebé requiere un contacto constante con el campo energético de una persona activa que pueda igualmente descargar el exceso de su energía. Así se puede explicar la razón por la que los bebés de los Yequana vivían en ese estado de relajación, no mostraban síntomas de agarrotamiento, no pataleaban ni arqueaban o flexionaban sus músculos para liberar esa incomodidad que supone tal acumulación de energía.

Si queremos facilitar una experiencia “en brazos” óptima, debemos ser capaces de descargar de manera eficiente nuestro propio campo energético. Se puede calmar rápidamente a un bebé irritado si corremos con él o saltamos, bailamos, o bien realizando cualquier cosa que reduzca nuestros propios niveles energéticos a un nivel que resulte cómodo para nuestra actividad. Cuando de repente un padre o una madre tienen que salir a comprar algo no van a tener que volver a decir nunca más “¡Venga, coge tú al bebé que voy a bajar a comprar!”, sino que igual que baja corriendo, se lleva al bebé aprovechando la situación y le da una vuelta por ahí. ¡Cuanta más acción, mejor, para que la fluya la energía!

Tanto los bebés como los adultos sufren tensiones cuando se impide la circulación de la energía por los músculos. Un bebé que parece estar lleno de energía por descargar sólo está buscando acción. A veces incita a quien le cuida con pequeñas llamadas de atención, a la vez que intenta descargar su incomodidad arqueándose, flexionando su cuerpo, etc. Darle una vueltita por la habitación o ponerlo en brazos de alguien que haya estando haciendo ejercicio poco antes… Con ello, el campo energético de un bebé se va a beneficiar de esos momentos que comparte con un adulto que está en proceso de descarga. Los bebés no son cositas frágiles que manejemos con guantes de terciopelo. De hecho, cuando un bebé recibe este tipo de tratamiento “frágil” en esta etapa formativa, puede llegar a convencerse de que es frágil, con lo que puede llegar fácilmente a perder la confianza en su propio cuerpo. Entonces, ¿qué es lo que conseguimos? De manera Inconsciente vamos a perjudicar a nuestra descendencia.

Como padres, ustedes son capaces de adquirir el conocimiento suficiente como para comprender la “fase en brazos” con la circulación y fluidez de la energía. Van a descubrir muchas maneras de ayudar a sus bebés a mantener un tono muscular suave característico de nuestro ancestral bienestar. Al mismo tiempo, vamos a transmitirles la calma y la comodidad que necesita un bebé para sentirse en casa como en su propia piel, a la vez que se sienta bien recibido en el mundo en que vivimos.

Jean Liedloff

Extraído de la obra El concepto del continuum

Algunas conclusiones de los estudios realizados por el Equipo Bergman

El equipo de Bergman(1) hizo un estudio comparando criaturas recién nacidas apegadas a la madre con criaturas separadas de la madre; se aseguró de que ambos grupos recibían exactamente la misma atención y cuidado y que la única diferencia era el estar o no con la madre. La tasa de cortisol, que se medía tomando muestras de saliva, era el doble en las criaturas separadas de la madre. De esta manera se comprobaba que el sólo hecho de la separación produce una situación de stress en la criatura recién nacida. El aumento de la tasa de cortisol –el aumento del stress- puede llegar a ser hasta de 10 veces más, cuando además de la separación se somete a la criatura a manipulaciones con pinchazos, sondas, focos, ruidos etc. Sin embargo, basta una hora de contacto piel con piel con la madre para que la tasa de cortisol se regularice. Otro dato aportado por los estudios clínicos de Bergman es el de la regulación de la temperatura corporal de las criaturas recién nacidas. Los gráficos de temperatura de una criatura en la incubadora, muestran por un lado una falta de estabilidad: la temperatura corporal tiene subidas y bajadas; y por otro lado, que siempre está pordebajo de la temperatura ambiente dentro de la incubadora, como si el cuerpo de la criatura no pudiera absorber el calor del ambiente. En cambio, cuando la criatura está sobre el cuerpo materno, las temperaturas de ambas se aparejan y son estables; la criatura absorbe el calor del cuerpo materno. Entre madre y criatura hay una ‘sincronía térmica’. Además, la media de la temperatura no estable en la incubadora es inferior a la temperatura media sobre el cuerpo de la madre.

De entrada, el torso de una madre tiene 1º C de temperatura más que el de cualquier otra mujer u hombre Pero si la criatura tiene la temperatura baja, la madre sube la suya hasta 2º C con el fin de calentarla; y si por el contrario la temperatura de la criatura es alta, la madre baja 1ºC la suya para enfriarla. Esto es una prueba de regulación mutua y de la sincronía fisiológica de la pareja madre-criatura, que nos remite a la razón que tiene el deseo que sentimos las mujeres recién paridas de tener a la criatura apegada a nuestro cuerpo: es la pulsión libidinal que se produce en nosotras para iniciar y mantener el estado simbiótico.

Para Bergman, separar a la criatura de la madre es una violación de sus pequeños cuerpecitos, de su programa innato de desarrollo; y también una violación de sus derechos humanos. Asegura por tanto, que prodigar el apoyo que permita a todas las criaturas recién nacidas permanecer apegadas a la madre, debería ser la prioridad universal de la salud pública.

En la propuesta de Bergman para restaurar el paradigma, hay que incluir también el deseo materno. El deseo materno es ‘la matriz extrauterina’ la fuerza imprescindible para recuperar la maternidad, para que las cosas vuelvan a su sitio. Es una energía que hoy por hoy se está desperdiciando y se está reconduciendo para convertirla en su contrario: en una fuerza represiva de los deseos de las criaturas. Las madres sufrimos desesperadamente la separación de nuestras criaturas recién nacidas en general sin atrevernos a reclamarlas al personal sanitario que se las ha llevado; y nos resignamos porque creemos que es por el bien de ellas; pero si supiéramos, si las mujeres empezásemos a saber que es falso, que nuestro cuerpo es la mejor incubadora, que ‘lo peor que le puede suceder a una criatura recién nacida’ para su salud es que la separen de nosotras, entonces creo que no podrían quitárnoslas. Una de dos, o nos encierran y nos atan y volvemos a la esclavitud física, o no podrán seguir separándonos de las criaturas. Desde luego, no en nombre de su salud y de su bienestar. Porque la separación es también una violación de nuestros cuerpos y de nuestra sexualidad; el respeto a la unidad madre-criatura debería formar parte de nuestros derechos sociales como mujeres.

Casilda Rodriganez

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