Consuelo Ruiz Vélez-Frías Comadrona
El nacimiento es un hecho maravilloso que se produce espontánea y perfectamente, es el comienzo de una vida libre, independiente, de cualquier vida, animal o vegetal y sobre el cual, igual que ocurre con su antítesis, la muerte, la voluntad humana tiene bastante limitada la libre disposición de ambas. En la Creación existen seres vivos y materias inertes, cosas a nuestro alcance y otras que escapan a nuestro control. La razón humana induce a pensar que todo lo creado debe obedecer a un programa, a un plan, que todo debe haber sido creado para algo, que debe haber un fin práctico para cada cosa sobre todo para las cosas que se hacen solas, que nadie las fabrica y que suelen ser muy superiores a las manufacturadas.
Hace un par de días reparé que en un tiesto vacío de la terraza habían salido dos hojitas tiesas y pimpantes, preciosas, pregunté que eran y mi amiga Sofía me respondió que eran hojas de naranjo, que ella había metido en la tierra una pipa de naranja “a ver si salía algo”. Suponiendo que esas dos hojitas crezcan, se multipliquen y sean capaces de convertirse en un naranjo, no se puede decir que haya sido Sofía a crearlo. Sofía ha sido sólo el agente que facilitó a la pipa de naranja las condiciones que necesitaba, tierra, agua, aire y sol para que de una simple pipa pudiera desarrollar la energía, el poder, que tenía dentro para, tomando los materiales de la tierra y del agua, de poder autofabricarse, de momento, dos hojitas. Pero no es así, tan fácil, fabricar un árbol, yo he metido, a veces semillas en tiestos y unas han salido y otras, no.
El nacimiento de un ser humano es, también la consecuencia de depositar una semilla humana, el espermatozoo, dentro del útero, un órgano femenino especialmente fabricado como para servir de tiesto esa semilla humana que debe completarse con el otro gameto, el óvulo, formado, crecido y madurado en los ovarios. Yo me inclino a creer que en la reproducción todo esta programado de antemano, porque ni el óvulo ni el espermatoozo sirven por sí solos para formar un nuevo ser. Primero tienen que madurar, que perder ambos, la mitad de los cromosomas contenidos en su núcleo. El óvulo tiene que crecer, llegando a ser 200 veces mayor que su tamaño original y el gameto masculino tiene que proveerse, de una cola vibrátil que le permita llegar al óvulo, penetrar en él y mezclar y unificar los dos núcleos, sumándose las dos mitades cromosómicas de cada núcleo para completar el número exacto de cromosomas que corresponden a la especie humana.
(…)
Esa es una ley natural que no tenemos más remedio que aceptar. Pensándolo bien, creo que está dispuesto así a propósito para que el nuevo ser tenga a su disposición dos personas diferentes, física y mentalmente, quizá porque en la vida va a necesitar de los dos. Teóricamente, al coito se llega, entre los animales, por instinto y entre los humanos por amor. Las hembras de los cuadrúpedos no se dejan cubrir por el macho si no están en celo. Yo aprendí mucho sobre la reproducción vivípara y sobre el parto de la gata de casa de mis padres, “Mariposa”, la cual arrancó un día el rabo al gato, de un mordisco porque no le apetecía quedarse preñada. Entre los animales vivíparos siempre hay un cortejo previo a la fecundación y, naturalmente, en la especie humana debería haberlo. Es verdad que, en el transcurso de la Historia, las mujeres no han podido siempre elegir el padre de sus hijos, pero en la época moderna, en los países civilizados, lo hacíamos la mayoría de las mujeres que deseábamos un hijo, no de cualquiera, sino de aquel al que amábamos, precisamente porque deseábamos que tuviera las cualidades que nos habían llamamado la atención, que nos habían hecho enamorarnos de ese hombre y queríamos tener un hijo como él.

En el amor humano creo que hay un gran porcentaje de admiración, que se empieza por amar lo que gusta, lo que seduce, que poco a poco, a veces sin querer, se va uno haciendo a la idea de apoderarse de aquello que admiramos El conocido pasa a ser amigo, el amigo, a acompañante, el acompañante , a novio, el novio a prometido esposo y futuro padre de nuestros hijos. Naturalmente, este proceso clásico tiene sus alternativas, depende de muchos factores y es, por lo tanto, muy variable y no exento de sorpresas, pero en el fondo, al menos de una parte, hay el deseo de estar “para siempre” cerca del ser amado y cuando ya cremos que lo hemos conseguido, porque vivimos, comemos y dormimos en él, su familia y sus amistades nos admiten a su lado o. nos toleran, las mujeres, lo sé por propia experiencia, si estamos verdaderamente enamoradas, aún queremos tenerle más nuestro, más para siempre, queremos tener un hijo que sea como él, en el que las diferencias sean disculpables y debidas a la influencia que hayan tenido nuestros propios genes en la confección del hijo.

Las mujeres empezamos a amar al hijo mucho antes de que nazca, le empezamos a amar pensando que ese hijo va a ser como es su padre y nos va a amar como su padre nos ama. Un recién nacido es siempre, o casi siempre, el fruto de un amor y por eso, merece ser tratado con todo respeto. A mí me costaba mucho trabajo asistir al parto a una mujer abandonada, maltratada, sola, por las razones que fuera. No sabía cómo comportarme, ni de qué hablar con ella. Tampoco podía fingir que ignoraba su situación, aunque la supiera y tratarla en el parto como a las demás, porque cada parto y cada mujer son diferentes. La única cosa igual en todos los partos es la alegría que proporciona ver nacer un niño vivo y sano, contemplar unos ojitos puros, inocentes que parece que preguntan si les van a dejar vivir, como si dudaran de que van a poder hacerlo. Aquellas primeras miradas me hacían olvidar al instante, las noches sin dormir, los días sin comer, las caminatas, las múltiples preocupaciones que acarreaba el parto, cuando no había fábricas de partos, cuando cada parto era un acontecimiento importantísimo para todos y la responsable era, en primer lugar, una humilde matrona. Eso sí, con los debidos conocimientos de ética y de obstetricia como para poder serlo airosamente, como muchas colegas mías que fueron honra de una hermosa profesión, desgraciadamente en peligro de extinción y muy diversa de lo que fue tradicionalmente, como consecuencia de que la propia mujer tampoco es la de antes.

El nacimiento ha perdido su categoría de grato acontecimiento familiar con la que fue calificado durante milenios, pero, a pesar de los esfuerzos realizados para ello, tampoco ha sido aceptado universalmente como una peligrosa enfermedad que se debería evitar y buscar otro sistema para la indispensable repoblación de nuestro planeta. Acaso no sea lo más importante en el nacimiento de seres humanos, la posible escasez futura de soldados para las guerras y trabajadores para la agricultura y la industria, sino ese “no se sabe qué! que ha hecho sonreir a millones y millones de puérperas, contemplando extasiadas, la carita de su bebé, olvidando, de golpe sufrimientos, preocupaciones y dolores. No es cierto que cada recién nacido “traiga un pan debajo del brazo”, sino todo lo contrario.

Conforme las especies vivíparas han ido progresando, el parto y la atención de la prole se ha ido haciendo más difícil y complicada, lo cual no deja de ser una paradoja. En la especie humana, la más evolucionada de entre los animales vivíparos se ha llegado a tal extremo de que la mujer renuncie, de buen grado u obligada por las circunstancias a concluir personalmente una función fisiológica normal para la que, normalmente, dispone del aparato y del sistema adecuados, precisamente en la etapa más breve, más fácil y más gratificante de todo el proceso.

Es chocante que no sea capaz de parir por sí sola una mujer en plena edad fértil, capaz de ovular, de concebir y de alojar en su útero y nutrir con su sangre, a través del sistema placentario, durante 280 días, es decir, hasta su desarrollo completo a un embrión humano. Se admite que la mujer es un ser semejante al varón, aunque no exactamente igual a él. En todos los seres vivos existe un diformismo sexual debido al cual, a simple vista se aprecian diferencias, como la existencia o no de algunos órganos que hacen que los dos sexos sean complementarios en la importante tarea de la reproducción. Ambos sexos tienen órganos, tejidos y vísceras semejantes, cuando se trata de llevar a cabo las funciones vitales. Nadie admitiría que la mujer sana no fuera capaz de respirar, de digerir, de caminar, de pensar, de hablar, de moverse, igual que lo hace el hombre y en las mismas condiciones. Las funciones fisiológicas se llevan a cabo por completo, desde el principio el final, ninguna se queda sin acabar. El bolo alimenticio en el que la masticación convierte los alimentos, el estómago se encarga, gracias a la digestión de convertirlo en quilo, para que los nutrientes puedan pasar a la sangre a través del intestino delgado, mientras el grueso se encarga de recoger los deshechos y depositarlos en el recto, para su evacuación por el ano. Normalmente la digestión se efectúa así, tanto si comemos en casa, en el trabajo, en un restaurante o en un convite y, desde luego hombres y mujeres hacen la digestión completamente y de forma semejante porque sus aparatos digestivos son muy parecidos. Claro que hay empachos, cortes de digestión, diarreas, estreñimientos, etc. Pero no dependen del sexo, sino de diversos motivos que suelen ser analizados y explicados.

En cambio, no hay ninguna explicación de por qué una embarazada sana no pueda dar a luz, en su casa o donde quiera, en las mismas condiciones exactas en que realizar sus otras funciones fisiológicas. Se comprende que el varón no pueda concebir, parir ni amamantar porque no posee órganos adecuados para ello, pues su misión es otra. Pero la misión principal de la mujer, debe ser parir, cuando todas nacemos con un aparato genital, especialmente preparado para tal fin. Mi opinión es que la mayor complicación del parto consiste en la ignorancia supina de lo que es, de en qué consiste el nacimiento que, hablando de sus derechos, el primero de todos sería saber que pasa en el organismo de la mujer que tiene un hijo, qué es lo natural que pase, si se puede o se debe intervenir activamente en el parto, como intervenimos en las demás funciones de la vida. Nadie discute el derecho de la mujer a abrir ventanas y balcones para ventilar su casa y ella lo hace pensando que así el aire sera más sano y ella y los suyos respirarán mejor, ni que ponga las legumbres a remojo y cueza las verduras al vapor. Desde tiempo inmemorial el ser humano ha estudiado la forma de hacer más fáciles y agradables las funciones necesarias y la mujer ha tenido un papel muy destacado en esta tarea de facilitar las cosas. No hay ninguna razón física ni moral para relegar a la mujer al papel de materia inerte, de ser ignorante e incapaz en una función fisiológica que la atañe directamente, que es ella, personal y espontáneamente quien debe llevarla a cabo, que nadie puede hacerlo mejor que ella que nació preparada aposta para eso.

Es vergonzoso que en el Siglo XXI, las mujeres no sepan lo que es el parto, cómo y por qué se pare y la mejor, más fácil y más agradable forma de hacerlo, que todavía haya ginecólogos piensen que “las mujeres no tienen que saber nada de nada, porque para eso ya estamos nosotros. (sic) No sé si “nosotros” se refería a los ginecólogos o a los varones. No hay ninguna razón para que se incapacite a todas las mujeres como paridoras naturalmente, de que se asista el parto como si fuera una enfermedad, por ginecólogos, esto es, por médicos especialistas en enfermedades femeninas y enfermeros, a los que denomica matronas sin que exista una Escuela y una especialización, en hospitales genéricos. Tampoco la hay para la desaparición de las profesiones especialmente dedicadas al parto. Las profesiones de tocólogo y matrona, ni la de desaparición de las Maternidades, convirtiendo el parto en lo que no es: una enfermedad. Lo menos que podemos exigir, madres y bebés, es que se nos expliquen las razones de tal cambio, que no se nos trate como subnomales, incapaces de obrar como seres inteligentes, que no se digan más mentiras, sobre asunto tan serio.

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Montserrat Catalán, fundadora y coordinadora de la Casa de Naixements Migjorn
“Es posible disfrutar del parto”
IMA SANCHÍS – 23/04/2010

Tengo 60 años. Nací en Manresa y vivo en Sant Vicenç de Castellet. Vivo en pareja, tengo dos hijos y tres nietos. Licenciada en Medicina y especializada en Ginecología y Obstetricia. Creo en el comunismo desde el corazón. No tengo creencias, con el ser humano me basta

Usted nació en casa?

Soy la mayor de cuatro hermanas y la única que nació en casa. Dos de mis hermanas murieron a los pocos días de nacer.

¿Cómo vivió esas muertes?

Lo difícil fue el oscurantismo en el que me crié. Yo no me enteré de los tres embarazos de mis hermanas, pasaron desapercibidos. El sexo era pecado.

Y decidió traer niños al mundo.

Trabajé en plantas de obstetricia y ginecología y el trato que se daba a la vivencia de un momento tan importante como es el dar a luz no tenía nada que ver con mis sentimientos. La mujer ha estado muy maltratada en las salas de parto, y quise ofrecer otra forma de parir y de nacer.

¿Por eso se fue a La Habana?

Era el año 1990, quería saber cómo se vivía el socialismo que había soñado. Me fui a realizar la especialidad de obstetricia y ginecología durante cuatro años.

¿La falta de recursos le motivaba?

En Cuba, pese a tener una tecnología muy limitada, se obtenían resultados en morbimortalidad materno-infantil similares a los europeos. Aprendí a tratar los partos con naturalidad, dejarlos transcurrir. Tuve un profesor que me dijo algo fundamental.

¿Qué le dijo?

Cuando una mujer grita, no la dejes sola. Cuando volví, trabajé durante seis años en una cooperativa que asistía partos en casa y en una maternidad. Luego con dos compañeras creamos Migjorn, una casa a la sombra de la montaña de Montserrat para cuidar de los partos de las mujeres y de los nacimientos de los bebés.

Más de veinte años ayudando a parir a las mujeres, ¿qué ha entendido?

Que el parto puede ser vivido y sentido con toda su intensidad. Trato de que las mujeres entiendan que la fisiología está a favor de la vida, que si dos celulitas, el óvulo y el espermatozoide, que iban a vivir sólo dos o tres días, por el hecho de unirse consiguen multiplicarse y multiplicarse…

Hasta llegar a ser millones.

… Y acabar formando cada pestaña o huesecillo de un pequeño bebé capaz de crecer, nacer y continuar su desarrollo, ¿cómo es posible desconfiar de que esta misma naturaleza ponga tantas dificultades al parto?

Doler, duele.

Lo fisiológico no duele: respirar, digerir…, nuestro cuerpo pulsa continuamente, se contrae y se expande, lo hace el corazón, las arterias, los intestinos, la pupila, los esfínteres, los músculos. ¿Por qué duele el parto?

¿?

El útero, pequeño como una pera de san Juan, se reblandece y crece hasta albergar al niño, y esta dilatación tampoco duele, como el estómago cuando lo llenamos.

¿Qué me quiere decir?

Que el dolor y el miedo están muy relacionados, y que es posible disfrutar del parto. Y que atreverse a confiar en la sabiduría de nuestro cuerpo, con todas las precauciones necesarias, refuerza a las mujeres, a los bebés y también a los hombres.

¿A los hombres?

Un hombre tiene un papel muy importante en un parto en casa. Las mujeres no se confían a la anestesia epidural y la oxitocina… y “que me lo saquen, por favor”, sino que es algo que realizan ellas, y su punto de anclaje es su pareja y los profesionales que estamos ahí para ayudar.

¿Tiene más riesgos parir en casa?

La mortalidad de los partos en casa es igual a la de los hospitales, donde hay más riesgo de efectos secundarios por la anestesia, la episiotomía (el corte vaginal), o al intensificar la dinámica del parto con la oxitocina.

Sin embargo, da miedo parir en casa.

Está reconocida a nivel internacional la gran satisfacción que obtienen las mujeres en los partos en casa o en las casas de parto en las que los protagonistas son los padres y el bebé. La mujer se siente acompañada, y usamos el agua, los masajes, la homeopatía y la palabra para tranquilizarlas, y sobre todo no intensificamos el ritmo del parto.

¿Esperan pacientemente a que la criatura decida salir?

Sí, horas y días. Los partos se han hecho insoportables cuando se ha intensificado el ritmo del parto con la administración intravenosa de oxitocina, lo que ha hecho que se generalizara la petición de epidural.

Ustedes han asistido más de 600 partos en diez años, ¿ningún problema?

Una tercera parte, en el domicilio de las propias mujeres, y el resto, en el centro de Migjorn. El 75% de los partos en el domicilio han sido completamente normales, un 9% han requerido ser acompañados al hospital y se han solucionado sin intervenciones; un 9% ha requerido cesáreas, y un 7%, ser ayudados por fórceps y otro instrumento.

¿Los mejores momentos?

Durante el verano del 2004 asistí 28 partos seguidos completamente normales, sin necesidad de recurrir en ningún caso a la ayuda de hospital. Cada parto era una fiesta.

¿Una fiesta?

Cada vez que recibo a un bebé que abre los ojos cuando aún tiene el cuerpo dentro de su madre, sale, esboza un balbuceo, y sin que llore pongo mi dedo en su manita y lo aprieta, es un momento inmenso. Yme gusta ver cómo los hermanitos viven el parto de su madre y sus gritos sin asustarse, porque la mayoría son gritos de fuerza y no de dolor, y ellos lo saben.

viernes, 23 de abril de 2010

La Contra| página nº 96
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Durante años, parir en casa ha estado considerado algo retrógrado y riesgoso, herencia de épocas pretéritas que dieron paso en los 80 a la medicalización del parto. Pero hoy cada vez son más las mujeres que demandan un parto natural y a ser posible en casa. La Casa de Naixements Migjorn cumple 10 años: “Disponemos del espacio y del equipo que cuida los partos y de grupos de crianza en los que ayudamos a los padres a comprender las etapas de desarrollo del niño y acompañamos su crecimiento. Celebrarán el 10. º aniversario (23 y 24 de octubre) con unas jornadas científicas dedicadas a la neonatología y con la edición del libro Parir y nacer, que narra vivencias de partos naturales.

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